Entrevista a Iván Zulueta en Sur Exprés (1987)

Portada Sur Exprés nº 6

El 15 de diciembre de 1987 se publicaba el número 6 de Sur Exprés, revista de culturas madrileña dirigida por Borja Casani (proveniente de La Luna de Madrid) que contaba con un florido elenco de consejeros (Alberto García-Alix, Olvido Gara, Mariscal y un largo etc.) y un nutrido grupo de firmas nacionales y transoceánicas como Andy Warhol —que en este número publicaba postmortem un texto sobre Truman Capote— o Vicente Molina-Foix. Coincidían pues una vez más Warhol y Zulueta, esta vez sobre el papel (más tarde se repetiría la casualidad en las páginas de El Europeo).

El propio director, Casani, se encargaba de conducir otra de esas Entrevistas Históricas con Zulueta, reactivado este tras su primer parón y ya de vuelta en Madrid con ganas de enfrentarse a nuevos proyectos. En las seis páginas que se le dedican, y que a continuación citamos, vemos ya (desde el título) ese pulso que los mitos comenzaban a echar a sus indesmayables sinceridad y transparencia. Zulueta abate certeramente cualquier intento de legendarización a base de humildad, autoexigencia y una juiciosa visión de sí mismo y de las circunstancias de su carrera. Destaca también su relato de lo acontecido en el cine California a principios de los 70, de los más coherentes que hemos encontrado hasta ahora, y el de su doloroso bajón post-Arrebato. Las fotos corrieron a cargo del emblemático García-Alix.

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IVÁN ZULUETA. Objeto de culto.

Durante años perseguí la sombra de Iván Zulueta por oscuras direcciones y números de teléfono de Madrid y San Sebastián para hacerle una entrevista sin llegar a conseguirlo. Cuando por casualidad nos encontrábamos en casa de algún amigo común o comunicaba con él, se excusaba siempre argumentando que no le apetecía mucho hablar y que en cualquier caso, de hacer algo, prefería realizar la ilustración de algún relato o una portada de revista. Así lo hicimos y así pasó el tiempo sobre la imagen y el recuerdo del misterioso director de «Arrebato», la emblemática película de la pre-modernidad establecida.

De repente, antes del último verano, pasaron «Arrebato» por televisión y de nuevo (o quizá por primera vez) la película se convirtió en punto de referencia y de discusión, de 1980 a 1987 han pasado muchas cosas. ¿Seguía produciendo «Arrebato» el mismo impacto siete años después? ¿Dónde estaba Iván Zulueta? ¿Qué pensaba y cuáles eran sus planes en la actualidad? Volví a indagar sobre sus pasos y por fin lo encontré de nuevo. Iván estaba en Madrid, en su casa del Edificio España, y estaba preparando nuevos proyectos para continuar, o quizá para volver a empezar. Convinimos en hacer por fin la entrevista que se realizó en dos sesiones también dilatadas en el tiempo.

Se nota que no le gusta hablar de sí mismo. Alto, de maneras elegantes, impecablemente vestido, intenta responder a las preguntas haciendo él nuevas preguntas. Inevitablemente comenzamos por hablar de «Arrebato». Cree que eso ya lo ha contado demasiadas veces…

—En un principio era una idea para un corto. Yo trabajaba mucho en super-8 sin un destino concreto, hasta que, a través de su hermano conocí a Nicolás Astiárraga que se animó a producir «Arrebato». También estaba por medio Augusto M. Torres. Habíamos hecho «Leo es pardo», en 16 mm, donde ya había un intento de aprovechar la rapidez de ejecución, el bajo coste y el equipo reducido del super-8, para realizar algo estrenable en las salas. La producción de «Arrebato» al final se puso en unos 14 millones, un coste ridículo…

—Era una película que giraba en torno al cine y a las drogas. La estética de las drogas ha cambiado mucho en este tiempo. ¿No crees que en 1980 el público que la vio era más complaciente con las drogas que el de 1987, muy crítico ya con el «caballo»?

Bueno, esto no lo veo con respecto a la película. En ella había un simple didactismo… En aquel tiempo había una serie de temas que me obsesionaba muchísimo y que tenía que tratarlos. Pero has hablado del cine y de las drogas y creo que en realidad se trata de un triángulo al que le falta el vértice principal: el sexo y la pasión. Se trata del problema que se produce entre dos personas que no saben resolver bien sus relaciones. El desdoble del uno hacia el otro y la dificultad para establecer entre ellos una pasión auténtica hace que las sublimen por otro lado, el creativo. En este caso a través del cine y cuando éste no funciona bien, a través de las drogas. Sólo intentan encontrar una salida…

—¿Crees que son los ingredientes que han hecho de ella una película de culto?

—A mí me da bastante miedo esta especie de mitificación. Puede ser que como las películas españolas que ve la gente no terminan de gustar, pensaron que esa que no había visto nadie era la que estaba bien. No sé si ahora que la han visto se habrá desmontado el asunto.

—¿Qué sensación tuviste al verla en Televisión?

—Yo creo que no es una película para pasar por TV. Desde luego nadie me consultó sobre ello. Creo que la película para mal o para bien exige un poco de concentración. Yo la veo igual. Claro que no la veía desde el Festival de Chicago. Siempre es un suplicio que acababa conmigo. En esta ocasión me preparé un esquema personal para verla lo más fríamente posible, la verdad es que ahora la puedo ver con la calma suficiente como para que no me pase lo que a Will Moore en la película; Eso de: ¡qué horror!, ¡qué horror!, ¡qué horror!, ¡qué espanto!, ¡qué espanto!, ¡qué espanto!… Ya los fallos, que es lo único que veo, me los tolero casi. Lo demás es muy difícil, no creo que el propio realizador de una película pueda ver nunca lo mismo que ve el espectador… Tiene mil ingenuidades, jamás la volvería a hacer así, ni siquiera al día siguiente de haberla hecho…

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—¿Entonces, qué salvas de ella?

—Estoy muy orgulloso del trabajo de los actores. A Will More le conocía desde hacía mucho tiempo, éramos íntimos amigos. Habíamos hecho un super-8 marginal que fue a los festivales de París y Nueva York que se llamaba «Mi ego está en Babia». Se hizo un verano en Ibiza y era esa idea un tanto fantástica y un tanto romántica de irse de vacaciones con los amigos y utilizarlas para filmar. La primera parte la hice con Maribel Godinez de protagonista; ella era una sirena perdida por unos mares que no acababa de aclarar su anfibiez. Se suponía que al siguiente verano rodaríamos el casamiento pero en medio de esto ocurrió que me quitaron el material varias veces por intervenciones policíacas y todos aquellos follones de la época…

—¿Cómo fue eso? ¿Estabas metido en política?…

—¡Que va! Fue un malentendido… Todo empezó en el cine California, hacia el año 72. Lo cogió en aquel tiempo Mamerto López Tapia y allí se empezaron a montar números que tenían mucha conexión con el rock, se organizaban sesiones con cosas de los Beatles que no se veían habitualmente, se estrenó «La calle 42», «El submarino amarillo»… Yo colaboré mucho con el California, pintaba las fachadas de lo que se estrenaba, dibujaba la publicidad de prensa, etc… Y una noche se organizó un pase de super-8 de películas inestrenables que había por Madrid. Yo llevé unas cuantas. Y claro, por supuesto, aquello no tenía permisos de ningún tipo ni falta que le hacía. Estábamos pasando películas cuando de pronto se oyeron unos gritos, se encendieron las luces y nos vimos rodeados de grises. El suelo se llenó por completo de todo tipo de chinas, pipas y demás objetos, todos muy ingenuos. En definitiva, alguien se había chivado de que allí había algo de política y se confundieron por completo; se encontraron con una serie de películas que iban todas de hippies de Ibiza, en fin, unas frivolidades que les cabrearon muchísimo. Nos llevaron en furgonetas a la DGS, Salesas y luego todos a la calle. Aunque a mí me dejaron para el final del todo, como me ha pasado siempre, con Mario Pacheco y Mamerto. Hicieron registros en mi casa y como no sabían qué llevarse arramplaron con una colección de Play-Boy y el resto de las cintas… Allí desapareció mucho trabajo. Lo malo es que luego, por cuestión de drogas… no sé si se creerá pero no fue por mi culpa, me acabaron quitando todo el material que tenía de aquellos tiempos…

—Antes —ya que estamos en pleno flash-back— habías realizado «Un, dos, tres, al escondite inglés» y trabajado para Televisión…

—«El Escondite inglés», si queremos ir a la prehistoria, lo realicé yo pero la firmó Borau. José Luis Borau era el productor, pero como yo estaba terminando la Escuela de Cine, trabajando en TV con «El último grito» y había todo tipo de incompatibilidades y estupideces, Bardem como presidente del ASDREC mantuvo que al hacer televisión yo no podía hacer cine. No me dejaron firmar la película y la firmó Borau. Pero nunca hubo duda de quién la hizo realmente.

—Aquél fue el comienzo de los primeros diez años de ostracismo hasta que hiciste «Arrebato»…

—Sí, parece que esa es la cadencia, de diez años en diez años. Yo tenía firmado, después de «El escondite inglés», un contrato con Borau para hacer otras dos películas. Pero «El escondite» se estrenó con un año de retraso. Tuvo una distribución peor incluso que la de «Arrebato», se estrenó en cines de Arte y Ensayo. ¡Una película hecha para quinceañeros! Fueron a verla cuatro cinéfilos y, claro, estuvo dos semanas y media en ningún lado… Borau perdió mucho dinero y no se produjo la continuidad prevista ni yo ejercí jamás ese derecho…

—¿Ahí empieza la historia de ese personaje maldito que en el fondo no tienes mas remedio que ser?

—No, en toda esa etapa, que dura diez años entre «El escondite» y «Arrebato», no existía para nada malditismo. Hice lo que quería. El malditismo después de «Arrebato» es posible, se puede analizar y lo entiendo, pero hasta entonces fue voluntario, querido y aceptado. La maldición quizás empiece luego, cuando quieres hacer y ya no hay manera…

—Se te paró el reloj un minuto antes de que estallara en Madrid la famosa «movida».

—Sí, mi trabajo fue previo. Yo noté que se mascaba después de estrenar «Arrebato», ocurrió justo a continuación. Creo que fue una conexión puramente casual, o casual hasta cierto punto, ya era la época en que Pedro Almodóvar iba por todos lados enseñando sus super-8 y estaba empezando su «Pepi, Luci, Boom…» Había un clima propicio, pero en «Arrebato» no había ninguna pretensión de conectar con ello…

—Entonces aprovechas para desaparecer hábilmente…

—No tan hábilmente… ahí ya vienen una serie de hostias que me he dado bastante importantes y de muchos tipos…

—Y te refugias en San Sebastián…

— Sí, aquí empieza un exilio nada voluntario. San Sebastián supuso para mí, después de una trayectoria de trabajo personal, bajar hasta el límite total. Fue prácticamente pedir socorro porque de pronto te das cuenta de que no te lo sabes hacer y empiezas a caer en manos de muchas gentes, y ante tanta manipulación te terminas refugiando en algún sitio para agarrarte a algo en lo que más o menos tienes una última confianza. Con enormes altibajos y mucha etapa en la que ya crees que has salido del agujero y luego te das cuenta de que no. Y aquí entran los mil proyectos que se han empezado y no se han hecho. Y una especie de desconfianza ya excesiva de que ya no se va a poder hacer nada. Aunque te des cuenta de que lo has intentado mal y de que eres tu primer enemigo.

—Y ahora has vuelto a Madrid.

—Sí, después de una etapa de dejación absoluta, de estar del otro lado por completo.

—La experiencia de haber estado del otro lado es también muy positiva.

—¡Bueno!… De hecho leí una crítica de «Arrebato» en la que al final decía: «evidentemente, Iván Zulueta, como sus personajes, está del otro lado del espejo». Y es así. Sospecho que me he ido al otro lado completamente y ahora he traspasado de nuevo el umbral. Ha durado demasiado y basta.

—Pero durante este tiempo tampoco has dejado de trabajar. Has hecho carteles de películas, ilustraciones, dibujos, publicidad… ¿Has intentado ponerte seriamente a pintar?

—No, le tengo mucho respeto a esa cuestión. Ahí sí que conozco mis limitaciones. He derivado por el lado este de hacer carteles, ¡que hay que tener humor! Pero bueno… afortunadamente he tenido esa válvula de escape que me ha permitido estar en contacto con el cine lateralmente.

—¿Qué carteles has hecho?

—Pues he hecho unos cuarenta…

—¿Los más conocidos?

—Supongo que los de Pedro Almodóvar. «Entre tinieblas», «¿Qué he hecho yo para merecer esto?», «Laberinto de pasiones»… La verdad es que tengo que estar agradecido… con el cine no he ganado un duro y lo que he podido sacar ha sido del campo publicitario y de los carteles.

—Y ahora, cuando has vuelto a Madrid. Te habrás encontrado con un mundo totalmente diferente…

—La verdad es que aunque ha sido una época de mucho encierro, de vez en cuando he caído por aquí. Apariciones muy breves…

—¿Y cómo lo ves ahora?

—Ahora mismo lo veo muy bien. Una efervescencia mucho más sana y autocrítica que la que había hace unos años. Creo que no está mal. Lo evidente es que en los años del «boom» dichoso, llegó un momento, y todavía se nota, en que no había espectadores, todo el mundo era artista, todo el mundo hacía algo, se veía que no era muy viable. Ahora hay un cierto aterrizaje en el que las cosas se están filtrando un poco más, con un poco de coherencia y exigencia y menos autocomplacencia. Yo el momento lo veo desafiante…

—¿Te consideras un cinéfilo total?

— Sí, es una auténtica relación pasional. Creo que mi mejor definición es que soy un buen espectador. Lo puedo decir encantado… A todo el mundo le gusta el cine pero creo que a mí me dan muchos más ataques viendo una cosa que a los demás. Creo que mi condición de espectador no es muy corriente.

—¿Y tu condición de espectador es semejante en la vida cotidiana? ¿Eres un espectador de la vida, un «voyeur»…?

—No, una cosa es que todo lo vea sin querer traducido a cine pero nunca he sido nada «voyeur». Quizás haya alguna correspondencia… pero no, para nada «voyeur»…

—¿Y que películas, que autores te han impactado últimamente?

—He de reconocer que últimamente y casi siempre Wenders. No había visto «El estado de las cosas» y mira que me lo habían dicho; tienes que verla… Pues fui y bueno, me dejó… Wenders en concreto. Tengo que reconocer que cada vez que veo una película suya me quedo pasmao. También «Desert Bloom» ¡Bueno! Ellen Barkin fantástica… Más antigua, como puesta en escena me pareció maravillosa «Mishima» de Schraeder. Y siempre he dicho que no se ha vuelto a hacer una película como «À bout de souffle». Tampoco está nada mal, aunque ahí puedo ser más reticente, «Mi querido detective», «Blue Velvet»…

—¿Eres coleccionista? ¿Te gusta el cine en vídeo?

—Para nada. Nada coleccionista. Veo a otros a mi lado que lo son pero a mí coleccionar películas no me gusta nada. Odio el vídeo y las videotecas y sólo puedo ver las películas en sala y en versión original. Creo que en la sala de cine se produce la única ceremonia posible, el punto hipnótico que conecta con los sueños. Es imposible ver una película por televisión cortada por anuncios o en vídeo que se para, para ir al cuarto de baño o porque llaman al teléfono. En cualquier caso ésta sería otra manera de mirar que yo no acepto, es una falsedad. En la pequeña pantalla nunca se ve la misma película que en una sala oscura y silenciosa. Es ese punto en el que los espectadores chistan al mínimo ruido para requerir silencio absoluto. Esa es la verdadera ceremonia.

—Ahora la vuelta será dura. ¿No? ¿Qué planes tienes? ¿De qué forma te planteas tu vuelta al cine?

—Desde luego es dura. No sólo para mi. Es dura para todos. Hay muy pocos productores y pocas oportunidades. De momento estoy preparando un «sketch» de 30 minutos para la serie «Delirios de Amor» que se está preparando para televisión. Una serie de trece capítulos realizados cada uno por una persona diferente. Tengo también el proyecto de realizar un guión escrito por Álvaro del Amo, pero esto son ya palabras mayores, no quiero caer en la banalidad de hablar de proyectos… Porque está claro que a estas edades y con mi tendencia al desperdigue lo único que puedo declarar es que quiero dejar las demás cosas y hacer de una vez por todas cine.

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